domingo 12 de julio de 2009

CHAU, GABRIEL


Casi al mismo tiempo que se conocía la noticia de la muerte de Gabriel Báñez, el gobierno premiaba a Julio Alak con un
ministerio. Justo a Alak, personaje ruin, indeseable, a quien Gabriel padeció como director de la Editorial La Comuna. Se sabe que el arte y el Estado van por caminos separados, pero hay datos fácticos que asombran.
Gabriel se fue, por decisión propia; un escritor versátil y prolífero. Una persona lúcida. Como calificaba él mismo a la literatura: eludía el lugar común. En momentos de tanta idiotez y mediocridad, que se vaya una persona lúcida es una pérdida aún mayor. La mediocridad, por lo tanto, ya resulta ofensiva, a veces letal.

Chau, Gabriel!
Un abrazo inmenso.

Grupo Editor Mil Botellas.
Julio de 2009
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lunes 6 de julio de 2009

UNA CRÍTICA PARA "BALBUCEOS, EN NOVIEMBRE"


Por Pablo Vinci.

Las gentes como nosotros deben tener la religión de la desesperación. Hay que estar a la altura del destino, es decir, impasible con él. Lo que hay que hacer es sacar de la desesperación misma, esperanza.
De Gustave Flaubert a Ernesto Feydeau.

Villa Elisa, Portugal, Quilmes, Buenos Aires, Kordon, Puig, Cortazar, Onetti, Wernicke, Herminio Iglesias, Alfonsín, Rock…

Santiago y Federico viven en los noventa y planean escribir una novela. Juntan datos, bibliografía, ideas. Pasan unos años, el proyecto queda guardado en una caja, y ya en los “dosmiles” Federico se mata.

Manuel Farías, “un héroe pop sin grandes ambiciones” (el personaje de la novela que Santiago debe escribir solo, “sin consenso y con el mundo que se volvió más adverso”, cuando lo que tenía pensado era ayudar a Federico a escribirla) no tiene agua caliente, vive solo, escribe artículos para una revista, toma cocaína y escucha música. Vive en la década de 1980.

Estos dos párrafos y la lista de nombres propios que la precede eran los primeros apuntes para una reseña de Balbuceos (en noviembre), la novela de Ramón Tarruella, hasta que me encontré con las palabras de Flaubert, que encabezan esta nota, en una carta a Ernesto Feydeau. Entonces la lectura de la novela empezó de nuevo, ya sin atender a cuestiones técnicas, de estructura, o de estilo, que (por logradas) ya dejaron de preocuparme.

En un tiempo en que muchos escritores ni se plantean el problema de no tener qué decir, en una época en que en voz baja se dice que “como no se puede combatir al mercado hay que hacerse uno propio entre los conocidos”, y en donde la tradición literaria es ridiculizada por “anacrónica” o por simple ignorancia (y hablo de las ignorancias no inocentes) aparece esta novela de Tarruella que se ríe de las bestias.

Una novela que se zafa sin ambigüedades de la vulgaridad posmoderna (casi citando a Unamuno). Vulgaridad (la de hoy) que es más irritante que la de ayer porque que se da aires de novedad y de originalidad. Una novela atravesada por la desesperación. Una náusea que empezó en los años setenta y que todavía se mueve.

El texto de Ramón Terruella desarma y rearma la desesperación. Y ese es el mejor camino, porque haciéndolo nos encontramos con todas las cosas, nos encontramos con que sí hay qué decir, con que sí es necesario decirlo porque muchos necesitan que las cosas se digan, y porque uno mismo necesita decirlas desde su individual lugar no sólo para la literatura, sino para sumar también una individualidad más al proyecto colectivo de lo que Flaubert nos avisa que se saca de la desesperanza.

Nota publicada en la revista los Asesinos Tímidos. Número 15 - año 2009.

miércoles 1 de julio de 2009

HAROLDO CONTI, UN "HOMO VIATOR"


Hay tantos Haroldos como caminos ha recorrido”, de esta manera define Marcelo Conti a su padre, en uno de los testimonios del documental-ficción sobre la vida del escritor Haroldo Conti, desaparecido el 5 de mayo de 1976 por la dictadura militar.
Homo Viator se proyectó el jueves 25 de junio en el Centro Cultural Islas Malvinas, dando cierre al mes de junio dedicado al género documental, en el ciclo Cuatro Ficciones. Esta vez, también estuvo presente el director de la película, Miguel Mato, que se animó a los elogios y las preguntas del público.
Aquella frase recuerda a un Haroldo Conti en sus múltiples rumbos, como intelectual que se sumó a las filas del Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT), como profesor de latín en la escuela secundaria, o en sus viajes como piloto civil, o bien como navegante y náufrago que fue, en los días que probablemente ocupó mentando palabras para el guión de una futura película. Hasta permite imaginarlo con su pulcro traje de seminarista que tardíamente resolvió colgar.
Recrear con fidelidad los trayectos recorridos, los impasibles rumbos del escritor, antes que perpetuarlo desde los hechos más duros, también fue la apuesta de su director. Darío Grandinetti en el papel protagónico de Haroldo Conti, junto a Ana Yovino y a Carlos Santamaría conforman las otras piezas del elenco.
“La idea motor, fue que Conti se contase a sí mismo”, dice Mato, que con maña ha combinado en el documental, nítidas imágenes de archivo con audios en voz del escritor, y fragmentos de su obra. También se incluyen cartas destinadas a amigos y a familiares, un manojo de recursos empapados de ficción, y los testimonios de las personas más cercanas a Conti que reviven, mediante anécdotas, los versátiles episodios de su vida.
Cuentos como El último, Mi madre andaba en la luz o La Balada del Álamo Carolina fueron los elegidos, revelando una realidad en los recodos más cotidianos, hallando siempre una historia en la simpleza de las cosas. Por ejemplo, las líneas seleccionadas de la novela En vida (1971) donde Conti se pasea por el lugar de su infancia, “Hay otro pueblo debajo de éste”, cuenta, otro pueblo que también es el Chacabuco de la provincia de Buenos Aires, y al que solía volver cada tanto tironeado por recuerdos y encantos.
Y así fue su literatura, la que ofrece otros territorios, porque como sostiene Juan Duizeide, escritor contemporáneo, “fue más el deseo de viajar y la inquietud de conocer, que los viajes que realmente concretó”. Para Conti, la creación, era el terreno de la pura libertad. Y quizás, el espacio que prefirió para desenredar los nudos de su vida, toparse con la ternura y el deseo profundo de viajar.
Tom Lupo, locutor y psicoanalista, también recuerda al escritor. Desde el banco de un aula como alumno de la materia “Educación Cívica”, rememora el bendito día en que lo vio ingresar por la puerta del aula, y decir con la misma cautela con que cerraba la puerta, "Si no me traicionan, los apruebo a todos", para luego comenzar la no contemplada lectura de María, la rubia del escritor Dalmiro Sáenz. El primer cuento de una serie de relatos que el maestro ofrecía a Lupo y a sus compañeros de clase, para adentrarse en el desconocido mundo de la literatura latinoamericana.
Por su parte, el actor Carlos Santamaría interpreta al espía del Servicio de Inteligencia de la Provincia de Buenos Aires encargado de seguir a Conti. Otra voz que narra la historia del escritor, pero desde el verdugo, que paradójicamente termina fascinado por la prosa de Mascaró, el cazador americano (1975), su última novela. Fue la época en que también colaboró con los primeros números de la revista Crisis, los años más difíciles, en los que confesaba, “no puedo escribir cuando me están matando amigos todos los días”.
“Ego sum homo viator”, escribe en el pizarrón Darío Grandinetti frente a un alumnado revoltoso, “en el idioma de ustedes, un hombre que viaja”, explica. Una idea que atraviesa la obra de Miguel Mato y que concede un merecido final al deseo errante del escritor.

Sofía Silva
30 de junio de 2009.

Miguel Mato, Ana Yovino y Dario Grandinetti

sábado 27 de junio de 2009

LA SUPREMACÍA DE KORDON

POR ELVIO E. GANDOLFO

Se reeditaron los dos relatos clásicos del gran m
aestro del realismo en la Argentina. Un magnífico trabajo con la lengua popular.

En la literatura realista abundan los perdedores. Y los boxeadores. Ahora, por fin, vuelven tanto uno de los mejores perdedores (Alias Gardelito) como uno de los mejores boxeadores (Kid Ñandubay) de la literatura realista argentina. Tal vez porque habría que ver hasta qué punto Bernardo Kordon, su inventor, fue verdaderamente un realista.

Toribio cree tener cierta pinta semejante a Gardel, y que podrá llegar alguna vez a personificarlo en un escenario o una radio. Pero, como le resulta más fácil, usa primero un perro para hacer pequeñas trapisondas: lo vende, después lo roba, lo vuelve a vender. Luego del perro pasa a cosas mayores, según cree, pero aunque un camandulero de más peso que él le avisa las exigencias mínimas del código de la estafa, no las cumple. De hecho, se cree a salvo de todo, incluso de las consecuencias de estafar a su probable novia o a su mejor amigo, un paraguayo que, por trabajar en una cocina, le puede pasar pequeñas solidaridades alimentarias que lo van salvando.

Así va recorriendo las calles, las pensiones, los bares y los pequeños restaurantes. Finalmente cree poder escapar, despegarse de todo el minucioso embrollo letal que él mismo ha armado, pero es apenas demasiado tarde. Aunque ahora él cree ser el traicionado, justamente “porque una vez dijo la verdad, cuando se sintió muy solo y buscó un amigo”. No alcanza a entender que a esa altura la verdad y la mentira, la perdición y la salvación, se suceden como las caras de una puerta giratoria, a toda velocidad.

El proceso parece una historia clásica de caída, pero Kordon la narra al revés, en el tono. El que narra es él, dentro de la historia y fuera de ella a la vez, y lo hace con una extraña ecuanimidad en todos los elementos: los diálogos, los ambientes, la mezcla exacta de testimonio de época y persistencia en el tiempo del texto. Además de una silenciosa filosofía propia que le impide tanto exagerar la suerte del personaje, como burlarse de él, o salvarlo forzadamente. Como es de prever, ese personaje se pasa de listo: “Toribio miraba la calle. Crecía íntimamente la impresión de que la vida era linda. Frente a él se extendía la calle, y en las calles estaban marcados todos los caminos, y allí donde regía el azar, él imponía su clase de cuentero”. El cuento mayor se lo vende a sí mismo, y se lo traga completo.

RECORRIENDO EL ESPINEL. Kid Ñandubay no es un perdedor, pero sí un boxeador que también sueña con llegar. Aunque su propia manera de respetar a los demás sin idealizarlos (como hace Kordon) le permite hacer un trayecto más cercano a los de su creador, donde importan tanto el viaje en sí como los entornos pintorescos: un circo, los lugares donde se hacen esporádicos combates de box en los pueblos del interior, zonas de derroche y desgaste, que impiden la acumulación no sólo de la fama o la profesión, sino también del más mínimo dinero, desparramado en un clásico y gran asado general.

Kordon rompe las perspectivas asentadas y paralizantes del realismo común y silvestre.

A diferencia de Alias Gardelito aquí la seca tragedia está ausente, y se impone incluso una especie de antropología del habla y los personajes de la ciudad. Como en este caso es el personaje mismo quien narra, la penetración en ambientes muy definidos y distintos es natural, inmediata. Fluye como fluye el camino. El aspirante a boxeador sabe cómo hablan “lanzas” y “fiocas” en la gran ciudad, pero no por eso se la cree. Como no derrocha su saber, mientras va llegando o no (tal vez la pelea de la fama siga esquiva) goza de cada accidente y anécdota del trayecto. Además sabe penetrar en la experiencia ajena con la misma lucidez y el mismo lenguaje inalterable y popular a la vez del propio Kordon. Por ejemplo: tiene un amigo de fierro en Lon Chaney (así le dicen). Y cuando se despiden percibe mientras lo ve irse: “Lon Chaney apenas dio vuelta la cara, como si la escondiera del manyamiento de mostrarse emocionado”.

Hay textos tan bien escritos como los de Kordon en otros realistas argentinos, como Enrique Wernicke y Eduardo Gudiño Kieffer. Pero Kordon tiene dimensiones serenamente agregadas y distintas: escribió buenos relatos de terror (“Hotel Comercio”) o hasta de ciencia ficción (“La última huelga de basureros”, que Crítica de la Argentina rescató este verano), aparte de recorrer Buenos Aires con el ojo del conocedor y el disfrute del que la recrea. Como dice en su prólogo despeinado y múltiple Germán García, su obra es “clara y extraña”. En el lector de estas historias, paradójicamente va creciendo una extraña gana de actuar, de hacer, de no quedarse quieto. Equilibradamente, Kordon rompe las perspectivas asentadas y al fin y al cabo paralizantes del realismo común y silvestre, del realismo de izquierda, del realismo patético, o hasta del realismo farandulesco o policial de hoy.

Kordon traza su propio mundo con tranquilidad, con una buena gorra sobre la cabeza, y la mira con unos anteojos gigantescos sobre los ojos, con ropa común, definida, como lo muestra la acertada foto en color de la tapa de esta edición del sello Mil Botellas de la ciudad de La Plata.

Nota publicada en el diario Crítica, el domingo 21 de junio de 2009.

martes 23 de junio de 2009

ESTELARES, DE PELICULA


El director Gustavo “Pato” Ragadale y el cantante de Estelares Manuel Moretti cultivan una larga amistad nacida en la ciudad de La Plata, donde hace diez años llegaron a compartir el programa Usina Parlante, en Radio Provincia. Esta relación se siguió manteniendo y se convirtió en el puntapié para el documental Como un souvenir, que registra el show del grupo el 14 de noviembre del año pasado en el teatro Ópera de Buenos Aires.
El film también muestra la intimidad de la banda, a través de sus ensayos previos al recital. En varios pasajes aparece Fito Páez, quien parece sentirse muy cómodo cantando y tocando teclados con Estelares, un grupo cada vez más consolidado en la escena del rock argentino. Otra presencia de lujo es la de Mariano Martínez, guitarrista de Attaque 77.
Ragadale presentó la película en el ciclo Cuatro Ficciones, organizado por el Grupo Editor Mil Botellas, dentro del mes dedicado al género documental. En el encuentro estuvo Manuel Moretti quien dedicó palabras muy elogiosas al trabajo del director: “con una cámara armó un registro precioso de imágenes de Estelares, que no estaban en los planes de nadie”. Luego interpretó con su guitarra tres temas del grupo, y como una sorpresa de la noche, un valsecito compuesto por Homero Manzi. El numeroso público pudo así llevarse más de un souvenir: Estelares en pantalla grande, las palabras de Ragadale y las canciones de Moretti con su guitarra.
Haciendo un poco de historia, la relación del rock y el cine suele ser numerosa. Algunos films son muy recomendables, como las ficciones con toques reales que hacía Richard Lester con los Beatles o la película de Martin Scorsese con Bob Dylan. O Woodstock donde el director Mike Wadleihg registró ese mítico recital de 1969 donde actuaron Jimi Hendrix, Carlos Santana y Joan Baez, entre otros. En la Argentina se puede citar a Adiós, Sui Generis (Bebe Kamín, 1976) y Buenos Aires rock (Héctor Olivera, 1983),
El próximo jueves continúa el ciclo del mes de junio en el Centro Cultural Islas Malvinas con la proyección de Homo Viator, documental-ficción sobre el escritor Haroldo Conti, que contará con la presencia de Miguel Mato, director de la película.

Juan Manuel Bellini
Nota publicada en Diagonales, el lunes 22 de junio de 2009.